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Alejandro Nicotra

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La casa Las paredes de luna tibia en las noches, de leche fresca en las mañanas, el umbral de ladrillos gastados por los muertos, la galería abierta en una estrofa verde puntuada con abejas las habitaciones oscuras, rezumantes como cántaro la mesa del algarrobo, casi un árbol, y su lámpara igual a una paloma no estoy allí, quizá nunca volveré a estar allí, y sin embargo, allí estoy: en el poema. (Abre la puerta de la noche y sal a caminar por la página, a otro sol, tan de verdad como el dormido: hay estrofas que se acercan igual que las montañas, hay versos sombreados de árboles, al pie de una palabra nace el agua viva y en la cima de otra, sólo temblor y cielo, canta de nuevo el pájaro de tu juventud: abre el tiempo y entra en la paz. ) No, perdónenme si vengo de una casa hecha a mano, vivida con las manos, y pongo mi mano sobre el barro, sobre el fuego sobre el pan, sobre la sal, sobre los pájaros mi mano también sobre otras manos, para volver, porque no estoy allí, y tal vez nunca v...

Dylan Thomas

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Halla la carne sobre los huesos Halla la carne sobre los huesos que pronto estarán desnudos, y bebe en los dos riscos de leche, la más alegre médula y las heces antes que los pechos de las damas sean harapos y sus piernas jirones. No turbes, hijo mío, las mortajas pero cuando las damas se vuelvan frías como piedras cuelga de sus andrajos una rosa con cuernos. Sublévate contra las ataduras de la luna y el parlamento de los cielos, los oficios de rey del mar maléfico, la autocracia de la noche y el día, la autarquía del sol. Sublévate contra el hueso y la carne, la orden de la sangre, la maliciosa piel, y el gusano que no puede asesinar ningún hombre. “La sed se me ha extinguido, se me ha apagado el hambre, resquebrajado está mi corazón; mi cara en el espejo es macilenta mis labios se han marchitado a besos, mis pechos están flacos. Una alegre muchacha me tomó por un hombre, hice que se tendiera para contarle su pecado y puse a su costado una rosa con cuernos”. El gusano al que ningún ho...

Enrique Molina

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Correspondencias Sueño, tal vez, con esta cama donde duermo, me he desvestido en otro sitio, hay músicas aquí, algo que ondula, enormes cosechas de hibiscus y mariposas en la selva del Aduanero, verde y turquesa, y no algo imaginario sino un canto de flauta que sopla la encantadora de serpientes; y redes chorreantes, extraídas del mar, vaciadas por las pescadoras gigantas –botas de goma y manos enrojecidas– mientras la encantadora de serpientes insiste en su melodía ritual, el tiempo perdido con ojos de fantasma, pero ahora esa mujer insólita es el lugar donde vivo, la lámpara, todo cuanto alberga este cuarto, la cama involuntaria, el sentimiento de la extraña plenitud de jamás, zapatos, mis libros, un paraguas. Acaso la luz son tus labios, ¿y su torso, entre los juncos, al borde del río donde vibró la flauta, a qué corresponde en la mesa tendida? ¿Al rumor de las conversaciones? ¿Al hilo de humo que sube de los platos? ¿Y cuáles son sus vínculos con el viento que sopla en la ventana?

Milagros king

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  Justiniano ‬ Otra vez me quedo con la luz sobre mi escritorio y de madrugada. Esta vez llueve fuerte, pienso, y el viento sobre la calle Yatay me hace temblar un poco si salgo a este balcón mojado. Y no sé si la batalla es adentro o afuera. O da lo mismo. Ahora volver a los libros y todos estos papeles, papeles. A estudiar el arte en épocas de Justiniano. Y no sé si la batalla es adentro o afuera, Da lo mismo. Digo, dije. Él tenía que reconstruir un Imperio caído. No tenía menos problemas que yo. Pero tengo que ordenar estos papeles o dejar de pensar. Debe de haber algo importante y me quedo mirando aquella foto del mosaico que se llama “Invierno”. Como sea, batallas, digo, dije. Pero otra vez los ojos de Justiniano desde el mosaico. Si vuelven a mirarme esos ojos voy a abrir la puerta del balcón, Voy a dejar que el viento entre desde la calle Yatay. Voy a hacer volar todos los papeles, todos los papeles. Iré a dormir un poco, creo. Mañana es martes y los martes suelo reconstruir...

Pablo Ananía

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  Dos en uno Lo fugitivo, Quevedo, permanece. Regiones donde hubo ardientes pero estériles ocasos sombras dejaron, perfiles entumecidos pero ocres elevándose como cuando cautivo de la danza de deshace el dolor. Tu comprensión remite sólo al tacto. Tacto sin embargo que es dicción, lente, sutil sangre del que predica. ¿Cómo no habrá de resignarse, Góngora iletrada, sin deseo carnal, a bogar en sus fingidos lagos definitivamente secos? ¿Cómo culterana ha de engarzar en oro si plebeya de acentuada oftalmía fastidia los metales con fusiones mezquinas? ¿Es posible, Quevedo, que te obstines en ceder tu palabra a quien labra ofuscada con soles baratijas, manjares para el oído?

Raymond Carver

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Advertencia Al intentar un poema mientras afuera todavía estaba oscuro, tuvo la inconfundible sensación de que le estaban observando. Dejó la pluma y miró a su alrededor. Un momento después se levantó y recorrió las habitaciones de su casa. Miró dentro de los armarios. Nada, claro. Con todo, no quería arriesgarse. Apagó las luces y se quedó sentado a oscuras. Fumó su pipa hasta que pasó la sensación y hubo luz afuera. Bajó la vista al papel en blanco que tenía delante. Luego se levantó y volvió a hacer la ronda de su casa. El sonido de su respiración lo acompañaba. Sólo eso. Evidentemente. Nada. Traducción de Mariano Antolín Rato

Miguel Ángel Bustos

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Canción del muchacho asustado Qué golpea bajo la tierra? Lejanas bombas lejanos llantos. Qué llevan los vientos negros? Soles pequeños átomos inmensos. Quién me asusta? El pez herido la flor enferma. Qué grito en la noche abierta? Ven y tiembla corazón.