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Mostrando las entradas con la etiqueta Poesía alemana

Bertolt Brech

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  Soy una anciana. Al despertarse Alemania recortaron las pensiones. Mis hijos me daban dinero de vez en cuando un dinerillo. Pero yo ya no podía comprar casi nada. Al principio iba menos a las tiendas donde antes compraba a diario. Pero un día me lo pensé mejor y volví a diario a la panadería y a la verdulería como antigua clienta. Escogía cuidadosamente entre los comestibles y no me llevaba ni más ni menos que antes: añadía los panecillos al pan y los puerros al repollo y sólo cuando me hacían la cuenta, lanzaba un suspiro rebuscaba con mis rígidos dedos en el monedero y confesaba, sacudiendo la cabeza, que no me alcanzaba el dinero para pagar aquellas pocas cosas y, con nuevos movimientos de cabeza, salía de la tienda, a la vista de los parroquianos. Y me decía: si todos los que no tenemos nada dejamos de aparecer donde se exhibe la comida, podrían pensar que no necesitamos nada. Pero si venimos y no podemos comprar nada, se sabrá cómo están las cosas. Traducción: José Muñoz Mil...

Rainer Maria Rilke

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  La pantera Su mirada se ha cansado de tanto observar esos barrotes ante sí, en desfile incesante, que nada más podría entrar ya en ella. Le parece que sólo hay miles de barrotes y que detrás de ellos ningún mundo existe. Mientras avanza dibujando una y otra vez con sus pisadas círculos estrechos, el movimiento de sus patas hábiles y suaves va mostrando una rotunda danza, en torno a un centro en el que sigue alerta una imponente voluntad. Sólo a veces, permite en silencio, la apertura de los cortinajes que ocultaban sus pupilas; y cruza una imagen hacia adentro, se desliza a través de los tensos músculos cae en su corazón, se desvanece y muere. Rainer Maria Rilke 

Friedrich Hölderlin

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La despedida ¿Queríamos separarnos? ¿Era lo justo y lo sabio? ¿Por qué nos asustaría la decisión como si fuéramos                                                            a cometer un crimen? ¡Ah! poco nos conocemos, pues un dios manda en nosotros. ¿Traicionar a ese dios? ¿Al que primero nos infundió el sentido y nos infundió la vida, al animador, al genio tutelar de nuestro amor? Eso, eso yo no lo hubiera permitido. Pero el mundo se inventa otra carencia, otro deber de honor, otro derecho, y la costumbre nos va gastando el alma día tras día disimuladamente. Bien sabía yo que como el miedo monstruoso y arraigado separa a los dioses y a los hombres, el corazón de los amantes, para expiarlo, debe ofrendar su sangre y perecer. ¡Déjame callar! Y desde ahora, nunca me obligues a                   ...