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Mostrando las entradas con la etiqueta Poesía británica

Philip Larkin

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Necesidades Más allá de todo esto, está el deseo de estar solo: Aunque el cielo se cubra de invitaciones Aunque sigamos las explícitas instrucciones del sexo Aunque la familia se fotografíe al pie de la  bandera – Más allá de todo esto, está el deseo de estar solo. En el fondo de todo, fluye el deseo de olvidar: A pesar de las tensiones artificiales del calendario, Del seguro de vida, de los ritos de fertilidad programados, De la costosa aversión de los ojos a la muerte En el fondo de todo, fluye el deseo de olvidar. Philip Larkin

Percy Bysshe Shelley

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Vino de hadas Me embriagué de aquel vino de miel del capullo lunar de zarzarrosa, que recogen las hadas en copas de jacinto: los lirones, murciélagos y topos duermen entre los muros o en la hierba, en el patio desierto y triste del castillo; cuando el vino derraman en la tierra de estío o en medio del rocío se elevan sus vapores, de alegría se colman sus venturosos sueños y, dormidos, murmuran su alborozo; pues pocas son las hadas que llevan tan nuevos esos cálices. Percy Bysshe Shelley 

Rudyard Kipling

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Propósitos de año nuevo 1. He decidido que durante todo el año aparcaré mis vicios en el estante. Seguiré un camino más piadoso y sobrio y amaré a mis vecinos como a mí mismo, excepto los dos o tres de siempre a los que detesto tanto como ellos me odian. 2. He decidido que jugar a los naipes es malo, sobre todo con cartas como las que me suelen tocar. Puede desplumar una cuenta bancaria sana, así que renuncio a estos placeres terrenales excepto —y aquí no veo pecado alguno— cuando otros reclamen ‘mi presencia’. 3. He decidido que votos como estos, aunque formulados con ligereza, son difíciles de mantener. Por tanto los acometeré poco a poco, no sea que mis recaídas acaben por hundirme. Un voto al año me sacará del paso y comenzaré con el Número Dos. Rudyard Kipling

Doris Lessing

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 Fábula Cuando miro hacia atrás me parece recordar el canto. Aunque siempre estaba en silencio aquel salón largo y tibio. Impenetrables, creímos, esos muros, oscurecidos de escudos antiguos. La luz brillaba sobre la cabeza de una chica o sobre sus piernas jóvenes despatarradas. Y las voces bajas subían en el silencio a perderse como en el agua. Además, estando todo tibio y quieto como una mano, si uno de nosotros corría las cortinas una lluvia bordada soplaba afuera con descuido. A veces se colaba un viento que hacía bambolear las llamas, proyectando sombras agazapadas en las paredes, o afuera aullaba un lobo en la noche vasta y al sentir que se nos helaba la carne, nos juntábamos. Pero la danza seguía por un rato —así me parece ahora: formas lentas que se movían serenas a través de charcos de luz tejiendo una red dorada sobre el piso. Así debe haber seguido, para siempre, como un sueño. Pero entre un año y otro —¿cambió el viento? ¿La lluvia al final pudrió las paredes? ¿Vinieron ...

Ted Hughes

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  El Minotauro Es algo sin mundo ¿Qué es eso que arrastran y estiran con sus largas traíllas de sonidos disipándose en el silencio del aire? Luego el llanto de un niño, en este bosque de famélicos silencios, atrae a lobos en carrera la nota de una viola, en este bosque tan sensible como el oído de un búho, trae a lobos en carrera a esos agresivos cepos babeándose, acero revestido con piel para evitar que el frío lo fracture, ojos que ignoran cómo han llegado a tener que vivir esta vida, esa que deben vivir la inocencia reptaba entre minerales. Una ráfaga de viento, el encorvado lobo tirita. Ahora aúlla, nadie sabe si de agonía o de pleno gozo. La tierra yace bajo su lengua, es un peso muerto de oscuridad intentando ver a través de sus ojos. El lobo vive de la tierra. Pero es un lobo diminuto, de poco entender. Va de aquí para allá arrastrando sus patas traseras, gimiendo trágicamente. Tiene una piel que alimentar. Está nevando estrellas esta noche y la tierra cruje.  Ted Hughe...

W. H. Auden

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  Funeral blues  Paren todos los relojes, descuelguen el teléfono, Eviten que el perro ladre dándole un hueso jugoso, Silencien los pianos, y con un apagado timbal, Saquen el ataúd, dejen pasar a los deudos. Que los aviones nos sobrevuelen en círculos luctuosos garabateando en el cielo el mensaje Él ha muerto, Pongan un crespón alrededor de los cuellos blancos de las palomas, Que los policías de tráfico usen guantes negros de algodón.  Él era mi Norte, mi Sur, mi Este y mi Oeste, Mi semana de trabajo y mi descanso dominical, Mi mediodía, mi medianoche, mi palabra, mi canción; Creí que el amor sería eterno, pero me equivoqué. Ya no deseo las estrellas: apáguenlas todas; Llévense la luna y desmantelen el sol; Vacíen el océano y talen los bosques, Porque ya nada puede volver a ser como antes. W. H. Auden