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Vladimiro Maiacovski

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A Sergio Esenin Usted se fue, como se dice, al otro mundo. ¡Qué vacío! Vuela usted hasta incrustarse en las estrellas. No lo ayuda ya ni el dinero ni el bodegón. ¡Sobriedad pura! No, Esénin, no me burlo. En la garganta el dolor ajusta un nudo y no es la risa... Yo veo sus brazos colgando y su mano cortada, balanceando la propia bolsa de sus huesos. ¡Qué hace! ¡Deje! ¿Está usted en su juicio? Dejar que las mejillas se cubran de tiza mortal. Si usted sabía cantar como nadie en este mundo. ¿Por qué? ¿Para qué? Se encogen asombrados los críticos rezongan -Es el vino, es aquello o lo de más allá. Y como resultado, mucho vino y cerveza. Cambiando la bohemia por la "clase", la clase tendría influencia sobre usted y no habría por qué pelear. ¿Y la "clase" acaso calma la sed con limonada? La clase no es idiota, sabe beber. Es decir si contase con el apoyo de algunos de los del Puesto (1) tendría otra orientación y usted escribiría cada día cien estrofas fatigantes y largas c...

Dimas Prychyslyy

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 Las despedidas Hacíamos cuencos con las palmas de las manos para enterrar a nuestros hijos en caras desconocidas. Bebíamos en ocasiones el silencio de los cuarto oscuros,  el chasquido de gastados mecheros, la caída parcial de algún mito. Ahí todos éramos iguales. Llorábamos a nuestras madres cuando ya era tarde, muy tarde ya, para despedirnos de ellas. Dimas Prychyslyy

Anna Ajmátova

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Cuando escuches el trueno me recordarás. Cuando escuches el trueno me recordarás Y tal vez pienses que amaba la tormenta... El rayado del cielo se verá fuertemente carmesí Y el corazón, como entonces, estará en el fuego. Esto sucederá un día en Moscú Cuando abandone la ciudad para siempre Y me precipite hacia el puerto deseado Dejando entre ustedes apenas mi sombra. Anna Ajmátova

Vladimir Maiakovski

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  A ti, mujer, a quien enredo en conmovedora aventura, o a ti, transeúnte, a quien miro simplemente. Todos pasan temerosos apretando los bolsillos. ¡Ridículos! ¡A los pobres, qué pueden robarles! Pasarán los años lo sabrán ustedes, tal vez, yo, candidato a dos metros de la morgue municipal, soy infinitamente más rico, que cualquier Pierpont Morgan. Al cabo de tantos y tantos años, ya no viviré, moriré de hambre, o un tiro me pegaré a mí, al de fuego, me estudiarán los profesores, hasta los puntos y las comas, y hablarán de dónde y cómo, y cuándo vivió y nació… Y desde la cátedra, un idiota de frente saliente, recordará a Dios o al demonio. Se inclinará la muchedumbre, adorándome inquieta, y no me reconocerán. Yo no soy yo. Dibujarán una cabeza, con cuerpo o con aureola, y todas las estudiantes, antes de dormirse, soñarán acostadas sobre mis versos. Soy pesimista -dicen- ¡Ya lo sé! ¡Siempre habrá aprendices en la tierra! Pero al fin, escuchádme: todo lo que posee mi alma, todo, ¿a v...