Del otro lado Cuando estuvimos desesperados, alguien contó la historia. No se la puede escuchar serenamente, tiemblan las manos, el corazón se encoge de dolor; da un poco de miedo mirar a la gente, detenerse. Ocurre lo de siempre. Estábamos perdidos y la historia era confusa. Nada tenía que ver con la certeza, ni con el muslo de la bataclana. No intervinieron traiciones; no es una vulgar historia de fervores o de mantenidas. Tu mano es necesaria para sobrellevarla. También aquella vez, siempre aquella vez, apagaron las luces y fue necesaria la presencia de tu mano. Nos apretamos las manos en la sala impenetrable; temblamos ante la cólera que aún no se había manifestado, que nunca llegaría a marcarnos como sospechábamos, sino de otra manera. Nuestras manos procuraban ordenar el temblor, dominar el doloroso pánico; y todo porque Humphrey Bogart había resucitado. Estábamos perdidos en aquel cine y él no era como el redentor; su cruz no era un mandato, era la inteligencia del hombre,...