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Mostrando las entradas con la etiqueta España

Antonio Gamoneda

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Sobre el excremento de rebaños... Sobre el excremento de rebaños, subo y me acuesto bajo los robles musicales. Cruzan palomas entre mi cuerpo y el crepúsculo, cesa el viento y las sombras son húmedas. Hierba de soledad, palomas negras: he llegado, por fin; éste no es mi lugar, pero he llegado.

Félix Grande

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  Mudo que rompe a hablar He querido expresarme Toda mi vida he querido expresarme. No tengo otro destino, otro afán, otra ley. Fui actos sucesivos y el olvido que destilaban los corroía a ellos ya mí. Sobre los actos fui palabras y ellas buscaban una lumbre que no me calentaba a mí. Palabras y actos juntos nada son sin placer del cuerpo. Ahora regreso de esa vida umbría buscando siempre calor de mujer. Palabras y actos sólo allí me expresan. Tu piel junto a mi piel, eso es lenguaje. Todo cuanto pretenda enmudecerlo maldito sea Félix Grande

Miguel Hernández

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El rayo que no cesa ¿No cesará este rayo que me habita el corazón de exasperadas fieras y de fraguas coléricas y herreras donde el metal más fresco se marchita? ¿No cesará esta terca estalactita de cultivar sus duras cabelleras como espadas y rígidas hogueras hacia mi corazón que muge y grita? Este rayo ni cesa ni se agota: de mí mismo tomó su procedencia y ejercita en mí mismo sus furores. Esta obstinada piedra de mí brota y sobre mí dirige la insistencia de sus lluviosos rayos destructores. Miguel Hernández

Ismael Ramos

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  IV Dios nos ha dado manos para pedir limosna y amasar pan. Una boca grande llena de hambre distinta del bocado exacto del pájaro. Ismael Ramos

Gabriel Celaya

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  La vida, ahí afuera Esa vida que no es mía y me rodea, el misterio de la muerte, lo que llamamos la muerte y el misterio de la vida siempre abierta, lo que llamamos la vida en el árbol, en las nubes y en el agua, y en el viento y en el mundo que es quien es sin ser humano, y en la inmensa transparencia que no se dice, se muestra en eso que busqué tanto y ahora encuentro regresando: La infancia, quizá, la infancia, nuestro final seguro, nuestro cuento, nuestro canto, nuestra mágica conciencia: El total de lo sin fin y de la vida abierta. Gabriel Celaya

José María Fonollosa

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Broadway El amor es un juego apasionante y el mejor sustituto del amor. De aquel amor inmenso, el amor único, que uno halla varias veces por el tiempo. El recíproco amor es lo más bello. Lo sabemos los dos. Pero es muy grande el vacío que se abre entre el amor que se ha ido y el amor que aún no ha llegado. ¿Por qué llenarlo, pues, con la tristeza si es posible colmarlo de sonrisas? Si se ha ocultado el sol pueden los faros del coche iluminar la carretera. Mientras llega otro amor buscando el nuestro juguemos, sólo juego, a enamorarnos. Juguemos a querernos, sin querernos, hasta el día en que alguno de los dos vuelva a sentir amor por cualquier otro. El amor es hermoso aun como juego. José María Fonollosa

Antonio Carvajal

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Tigres en el jardín Como un ascua de odio te hemos visto en la aurora, como un trigal de cielo derramado en la vega, y hemos sorbido el agua que tu contacto dora y ese aroma de rosas que nos cerca y anega. En este huerto el lirio es feliz. Sólo implora libertad nuestra sangre, mientras la nube llega, se riza y, leve, pasa. Da el chamariz la hora, y el gozo de la sombra, como un rencor, nos niega. Solos entre las dalias, entre cedros y fuentes, tanto nos asediamos que nos cala hasta el hueso este amor sin futuro y esta luz de los dientes. Tigres somos de un fuego siempre vivo e ileso, y te odiamos por libre, recio sol, mientras puentes de plata ha levantado la muerte a nuestro beso. Antonio Carvajal

Elvira Sastre

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Lo reconozco Debo reconocer que quizás no estés en el sitio justo que mereces: ese que nunca desocupo. Debo reconocer que quizás no te necesite de esa manera tan violenta de los animales que jadean miseria, aunque yo sea uno de ellos. Que quizá esto sea otra cosa más tranquila propia de aquellos a los que les cansa más una sonrisa que la propia vida, aunque yo sea uno de ellos. Debo reconocer que no le pongo ni puertas ni ruidos ni alas a este amor que a veces nos espera tras la puerta y otras se lanza con violencia sobre nuestros cuerpos desnudos. Debo reconocer que no tengo miedo: sólo heridas. Elvira Sastre

Daniel Zazo

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Ruego  Que nunca se formen glaciares en tus labios. Retrasa todo lo que puedas la larga marcha que conduce, de manera irremediable, hacia los remotos feudos del hielo. No permitas que la nieve se pose en silencio para anunciar la comparecencia del invierno en los relojes del deseo. Y procura que los peces del cielo de tu boca no abandonen jamás esa mandíbula y sigan nadando, a contracorriente, entre los pliegues y repliegues de mi piel. Daniel Zazo

Félix Grande

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  Calle vacía A ese a quien no se ve, yo lo conozco. No está y es evidente como un sueño. Por la calle vacía, derramada en la siesta y en el cielo, con un roce de ayer suenan sus pasos en perfecto silencio. A ese a quien no se ve, yo lo conozco. Va hacia el final o vuelve o está quieto mientras la calle en sol arde callada, secreta y clara, enharinada en tiempo. A ese a quien no se ve, yo lo conozco, o yo lo reconozco, o lo recuerdo, o lo busco sin fin… ¡Dios lo bendiga, tan solo como va, tan lejos! Félix Grande

Camilo José Cela

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Poema Desde esta soledad ya ni la muerte asombra. (La muerte es una cosa amarilla y redonda que el viento lleva y trae). Camilo José Cela

Rafael Alberti

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  Atentado Robada por un pez de acero y lona, tú, sin malló, dormida, diste con una estrella que, escondida, rondaba a Barcelona. ¡Susto en la luz! Teléfonos fundidos. A los timbres, disparos. El giratorio idioma de los faros, los vientos, detenidos. Y una voz, buzo negro, disfrazada y en taxi, solicita volarte el corazón con dinamita. Mas tu ilesa, sin nada. Rafael Alberti

Miguel de Unamuno

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Me destierro Me destierro a la memoria, voy a vivir del recuerdo. Buscadme, si me os pierdo, en el yermo de la historia, que es enfermedad la vida y muero viviendo enfermo. Me voy, pues, me voy al yermo donde la muerte me olvida. Y os llevo conmigo, hermanos, para poblar mi desierto. Cuando me creáis más muerto retemblaré en vuestras manos. Aquí os dejo mi alma-libro, hombre-mundo verdadero. Cuando vibres todo entero, soy yo, lector, que en ti vibro. Miguel de Unamuno

Antonio Machado

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  La tarde está muriendo como un hogar humilde que se apaga. Allá, sobre los montes, quedan algunas brasas. Y ese árbol roto en el camino blanco hace llorar de lástima. ¡Dos ramas en el tronco herido, y una hoja marchita y negra en cada rama! ¿Lloras?...Entre los álamos de oro, lejos, la sombra del amor te aguarda. Antonio Machado

Federico García Lorca

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  La sangre derramada ¡Que no quiero verla! Dile a la luna que venga, que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena. ¡Que no quiero verla! La luna de par en par, caballo de nubes quietas, y la plaza gris del sueño con sauces en las barreras ¡Que no quiero verla! Que mi recuerdo se quema. ¡Avisad a los jazmines con su blancura pequeña! ¡Que no quiero verla! La vaca del viejo mundo pasaba su triste lengua sobre un hocico de sangres derramadas en la arena, y los toros de Guisando, casi muerte y casi piedra, mugieron como dos siglos hartos de pisar la tierra. No. ¡Que no quiero verla! Por las gradas sube Ignacio con toda su muerte a cuestas. Buscaba el amanecer, y el amanecer no era. Busca su perfil seguro, y el sueño lo desorienta. Buscaba su hermoso cuerpo y encontró su sangre abierta. ¡No me digáis que la vea! No quiero sentir el chorro cada vez con menos fuerza; ese chorro que ilumina los tendidos y se vuelca sobre la pana y el cuero de muchedumbre sedienta. ¡Quién me grita...

Juan Ramón Jiménez

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  Octubre Estaba echado yo en la tierra, enfrente del infinito campo de Castilla, que el otoño envolvía en la amarilla dulzura de su claro sol poniente. Lento, el arado, paralelamente abría el haza oscura, y la sencilla mano abierta dejaba la semilla en su entraña partida honradamente. Pensé arrancarme el corazón, y echarlo, pleno de su sentir alto y profundo, al ancho surco del terruño tierno, a ver si con romperlo y con sembrarlo, la primavera le mostraba al mundo el árbol puro del amor eterno. Juan Ramón Jiménez