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Jacques Prévert

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  Nubes Yo fui a buscar mi tricota de lana y el cabrito me siguió el gris no desconfía como el grande es todavía demasiado pequeño También ella era demasiado pequeña pero algo ya en ella se manifestaba tan viejo como el mundo Ya conocía cosas atroces por ejemplo que hay que desconfiar Y ella miraba al cabrito y el cabrito la miraba y entonces le venían ganas de llorar Es como yo decía un poco triste y un poco alegre Y después la iluminó una gran sonrisa y la lluvia comenzó a caer Jacques Prévert

Arthur Rimbaud

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Hambre Tierra y alguna china Es todo cuanto deseo. El aire también me lo como: Rocas, carbones, hierro. Bailad, apetitos míos. Hambres, pasad Atraed del alegre prado Venenos de madreselvas Y toda su sonoridad. Comed los cantos que se quiebran En las viejas paredes de Dios. guijarros de antiguas lluvias, Panes que el valle sembró. **** El lobo escondido que aullaba Escupió plumas hermosas De su almuerzo de aves: Como él, yo lo tragaba: La ensalada, la fruta Aguardando la vendimia. Pero la araña de la mata Sólo comía malvas. Quiero dormir, quiero hervir En los altares de Salomón. El caldo fluye sobre la herrumbre Y se mezcla con el Cedrón. Arthur Rimbaud

Stéphane Mallarmé

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  Santa ¡En la ventana está ocultando desdorados sándalos viejos de su viola resplandeciente -flauta o laúd en otro tiempo-, la pálida Santa que extiende el libro viejo que prodiga el Magnificat deslumbrante según las completas y vísperas. Roza el vitral de ese ostensorio el arpa alada de algún Ángel creada en el vuelo vespertino para el primor de su falange. Y deja el sándalo y el libro, y acariciante pasa el dedo sobre el plumaje instrumental la tañedora del silencio. Stéphane Mallarmé

Charles Baudelaire

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Los gatos   Los amantes fervientes y los sabios austeros también aman, en su madura estación, a los poderosos y mansos gatos, orgullo de la casa, que como ellos son frívolos y sedentarios. Amigos de la ciencia y la voluptuosidad buscan el silencio y el horror de la oscuridad; Érebo los hubiera admitido como sus fúnebres mensajeros, si pudieran con servidumbre doblegar su orgullo. Tienen ellos en cuenta las nobles actitudes de las grandes esfinges recostadas al fondo de las soledades, que parecen dormir un sueño sin fin; Sus riñones fecundos están llenos de chispas mágicas, y polvo de oro, incluyendo arena fina, llénanse vagamente de estrellas sus pupilas místicas.   Charles Baudelaire