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Victoria Ocampo

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A mí me hubiera aliviado hablar en  tercera persona de mí misma no sólo por las ventajas que ofrece (especialmente si uno habla de sí mismo en esa tercera-primera-persona  que son tan a menudo las novelas y cuentos), sino porque me siento, por momentos, tan lejos de cierto mí misma como lo puedo estar  del pelo que me han cortado  y barren en la peluqueria,o de la uña que me limo y vuela  al aire hecha polvo. Yo no soy "aquello", lo perecedero que formó parte de mí y ya nada tiene que ver conmigo. Soy lo otro. Pero ¿Qué?

Guillermo Bawden

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Geosmina es lo que hace oler a lluvia como tierra mojada es una bacteria que se suelta con la humedad Un olor que también tienen los camellos del desierto de Gobi Una caravana que atraviesa lo árido mientras huele la esperanza como la fe en la garganta de los sedientos Historia de la lluvia 

Irene Gruss

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En la ruta Lo único que podría curarme o que al fin me sacara de este hospicio es subir a un auto de línea sport no muy confortable pero amplio que lo manejara un hombre pudiente potente y valeroso o sea temeroso de sí. Si él aceptara conducir hasta la ruta (odio el límite de la ciudad ese bochorno de la pobreza salpicado por uno que otro cardo o girasol), donde comienza la fila larga y azul del lino o los maizales, amarillos, si la antena de la radio funcionara yo podría quitarme este peso de encima podría mirar las cosas de forma diferente. Sin que intervenga, sin presión de ningún tipo, este hombre serio o sonriente me acariciaría suavemente la nuca de manera tal que mi pelo pajizo se convertiría en lacio mi nudo nervioso pasaría a relajarse, y podría mirarlo de frente, sonreírme yo también o al menos dibujar un nombre en la ventanilla sin problema, como si él no existiera. Entonces yo tomaría el volante y mientras él descansara (mirando fijamente la mano contraria) me pondría a can...

Juan José Saer

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La guitarra en el ropero  Muy poco, o nada, casi, por cantar, aunque días enteros pasen adelgazándose, y todo esté, como continuamente, ahí: la mesa, el vaso, las mañanas. Corazón, orgullosamente das a entender, con actos y palabras, que tu mudez, cantando, cambiaría: y todas tus cartas, puestas en esa mano, podrían atestiguar en favor del momento, imprevisible, de la voz. De toda esta fiebre, ella sería, homérica, o dantesca, o incluso familiarmente, simple, la única agua. Pero en estas mañanas, nada o casi nada, que cantar: esperar, únicamente que salga, si lo juzga conveniente, la canción. Dando vueltas por una pieza negra, jugando a que una mañana, o una noche, por fin, y para siempre, meridianamente, se hablará.

Alfonsina Storni

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Un cementerio que mira el mar Decid, oh muertos, ¿quién os puso un día Así acostados junto al mar sonoro? ¿Comprendía quien fuera que los muertos Se hastían ya del canto de las aves Y os han puesto muy cerca de las olas Porque sintáis del mar azul, el ronco Bramido que apavora? Os estáis junto al mar que no se calla Muy quietecitos, con el muerto oído Oyendo cómo crece la marea, Y aquel mar que se mueve a vuestro lado, Es la promesa no cumplida, de una Resurrección. En primavera, el viento, suavemente, Desde la barca que allá lejos pasa, Os trae risas de mujeres... Tibio Un beso viene con la risa, filtra La piedra fría, y se acurruca, sabio, En vuestra boca y os consuela un poco... Pero en noches tremendas, cuando aúlla El viento sobre el mar y allá a lo lejos Los hombres vivos que navegan tiemblan Sobre los cascos débiles, y el cielo Se vuelca sobre el mar en aluviones, Vosotros, los eternos contenidos, No podéis más, y con esfuerzo enorme Levantáis las cabezas de la tierra. Y en un l...

Juan Gelman

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  Ausencia de amor Cómo será pregunto. Cómo será tocarte a mi costado. Ando de loco por el aire que ando que no ando. Cómo será acostarme en tu país de pechos tan lejano. Ando de pobrecristo a tu recuerdo clavado, reclavado. Será ya como sea. Tal vez me estalle el cuerpo todo lo que he esperado Me comerás entonces dulcemente pedazo por pedazo. Seré lo que debiera. Tu pie. Tu mano.

Dylan Thomas

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Halla la carne sobre los huesos Halla la carne sobre los huesos que pronto estarán desnudos, y bebe en los dos riscos de leche, la más alegre médula y las heces antes que los pechos de las damas sean harapos y sus piernas jirones. No turbes, hijo mío, las mortajas pero cuando las damas se vuelvan frías como piedras cuelga de sus andrajos una rosa con cuernos. Sublévate contra las ataduras de la luna y el parlamento de los cielos, los oficios de rey del mar maléfico, la autocracia de la noche y el día, la autarquía del sol. Sublévate contra el hueso y la carne, la orden de la sangre, la maliciosa piel, y el gusano que no puede asesinar ningún hombre. “La sed se me ha extinguido, se me ha apagado el hambre, resquebrajado está mi corazón; mi cara en el espejo es macilenta mis labios se han marchitado a besos, mis pechos están flacos. Una alegre muchacha me tomó por un hombre, hice que se tendiera para contarle su pecado y puse a su costado una rosa con cuernos”. El gusano al que ningún ho...